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| Opinión de la crítica | |
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Enhorabuena:
dos madres del arte nacional
Por Ignacio Nova* Es un gratificante honor que
Contemporanía, Centro de arte y cultura inaugure su nuevo local con una
exposición en homenaje a Soucy Pellerano y Marianela Jiménez. Y, tan
significativo como esto, que alrededor de esta iniciativa se congreguen
figuras estelarísimas de nuestro arte.
La presencia de Enriquillo
Amiama, José Félix Moya, Osiris Gómez, Alberto Houellemont, Elsa Núñez,
Miguel Núñez, Fernando Peña Defilló, Guillo Pérez, Iris Pérez,
Willy Pérez, Carmen Pool, Amaya Salazar, Luz Severino, Rosa Tavárez y
Alberto Ulloa, quince autores comprometidos con la renovación del
discurso visual y la calidad, atestigua la estima que los
pensadores-artistas tienen por los aportes de estas dos abnegadas y
singulares mujeres y otorgan la posibilidad de apreciar un significativo
rango del arte nacional.
Y no podía ser de otro modo:
Marianela Jiménez y Soucy Pellerano constituyen dos íconos del arte
dominicano del siglo XX; dos figuras egregias y emblemáticas de la
renovación artística dominicana.
Ellas encarnan, además, ese
tipo de artistas tan propio de su tiempo y alimento de sus
inspiraciones, que sacrificó todo por defender el derecho a la expresión
plena de los rasgos personales, por atestiguar sus preferencias y
conceptos en su ejercicio estético.
Si a valorar fuésemos sería
cuesta arriba ignorar que la obra de Marianela Jiménez realizada a
partir de los cuarenta, de la que exhibimos inmejorables ejemplos, la
colocan como la representante definitiva del expresionismo dominicano.
Un expresionismo bebido de la libertad de la enseñanza que insuflaron
Hausdorf Y Gausach al espíritu y metodología docente de la recién
formada Escuela Nacional de Bellas Artes como a sus propias academias.
Ese expresionismo, esa
libertad se avino al temperamento firme y aguerrido de Marianela, una
mujer para la que la pintura es materia y gesto, pasión y color:
fuerza. Bajo sus temas iniciales corría, además, el influjo humanista
de su padre, el formidable escritor y educador Ramón Emilio Jiménez, a
quien el país adeuda el amor al terruño idílico y sus tradiciones,
las savias anhelantes de la prosperidad y la solidaridad. Y corría
también la evocación de su ambiente familiar, la autobiografía.
Soucy Pellerano, en cambio,
protagonizó otro halón en nuestro arte: lo impulsó hacia el
cinetismo, el ready made, la esculto-pintura y las instalaciones. En
1965, su arte fue parte del proceso de reclamo de libertades. Con sangre
ligada al esplendor de los trinitarios, no podía esperarse otra cosa de
Soucy. Aunque inicialmente se autoconcibió escultora, ella acompañó
un buen trecho a las renovaciones abstraccionistas, incorporando un código
híbrido alusivo a la mecanización y a la libertad: sátiras y absurdo.
Tanto en pintura, como en
escultura, Soucy Pellerano ha dejado una obra motivada en las
experiencias endógenas aunque reñida absolutamente con el mercado del
arte, completamente de izquierda, ejemplo de rebeldía. Radical y
conceptuosa, es también la propulsora en el país del arte conceptual
que luego retomaron algunos autores de la generación del ´80.
Profesoras ambas, dedicaron
esfuerzos a la formación de nuevas generaciones de artistas. Y su arte
se mantuvo como un lugar invariable ante las mutaciones sociales y las pérdidas
de la identidad que acarreó la desideologización.
Marianela Jiménez expone
piezas de su autoría realizadas en los años cuarenta, cuando apenas
contaba 18 o 19 años de edad. En estas, de incalculable valor para el
coleccionismo artístico, exhibe su temperamento de aplicaciones
pastosas y gestos ampulosos junto a sus garras de pintora de fuste. Para
comprender que un artista pintase de ese modo a tan temprana edad
debemos recordar que Marianela Jiménez era, por decir, la niña precoz
de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Entró a ella a la edad de doce
años, mereciendo la atención y la estima de los artistas inmigrantes,
sobre todo de Hausdorf y de Gausachs. También de doña Celeste Wos y
Gil. Todos ellos dejaron retratos de Marianela. El cariño se entendía:
el padre de Marianela Jiménez, el escritor y educador Ramón Emilio Jiménez,
fue la persona designada oficialmente para recibir a los inmigrantes de
la Guerra Civil Española y ubicarlos. La artista lo recuerda como un
momento especial en su vida.
Las pinturas de Marianela Jiménez
que se exhiben en “Dos madres del arte nacional” abordan lugares y
personajes de entonces a los que se suman sus temas autobiográficos y
los de la idealización del trabajo, en los que tanto tiene que ver la
inspiración en la poesía de su padre. También tres retratos de una
colección en homenaje a artistas por ella admirados: Vela Zanetti, Hernández
Ortega y Eligio Pichardo; dos pinturas de su viaja a Israel, una bella
obra que expone a las hermanas Mirabal como las Tres gracias del país.
También paisajes de pueblos hoy desaparecidos, ríos y marinas.
La libertad es el signo de
Marianela. Y la espontaneidad, su mayor destreza. Sus acuarelas se
resuelven en rítmicos acentos, ocres y luminosos; y sus pinturas, en
una pastosidad densa y trazos amplios con los que sólo pueden pintar
los maestros.
De Soucy Pellerano se exhiben
piezas de factura actual y otras de su colección crítica al trujillato
en las que se desenvuelve con maestría en la esculto-pintura u objetos
hechos (ready made) o en sus materismo abstracto. También esculturas de
sus típicos maquinotrones, con las que tanto reconocimiento local e
internacional ha obtenido.
Ellas son, como se puede apreciar en esta exposición, madres de muchos de los más radicales postulados del arte dominicano de hoy. Madres, en fin, del arte nacional. |