| Willy Pérez | Opinión de la crítica |
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En la obra de Willy Pérez el paisaje es referencia de sí y de lo humano. Y como todo referente, sistema en sí mismo. A él concurren el mar, los tristes aunque embellecidos caseríos de las riadas y el campo, con el sesgo de identidad que le imprimen carretas, bueyes y labores cuya tragedia se deshace entre los colores seductores y los gestos de expresivas emociones y desenfados. Lo que Willy Pérez pinta está signado por el color: material; por la luz y sus dinámicos destellos; y por la gestualidad: abierta y totalizante de su trazo de materia pura y pastosa. Y está signado temáticamente como memoria recurrente del carácter insular. Su pincel es índice acusatorio de identidad libertaria. Nos presenta una naturaleza revestida de los rasgos de la psicología nacional y regional, en una especie de romance que desde la abstracción de las estructuras heredadas de su padre, la expresividad gestual y la sensibilidad propias asume al objeto como sujeto, alma y lo destaca. Y si lo grande de Constable o Turner fueron las nubes inglesas, sus paisajes nebulosos y grises, su emoción sugerentes de presagios, en Willy Pérez la tierra, el entorno del hombre son emblemas emotivos de un sentir y un pertenecer, de una luz y un color que transparentan las cosas y las almas. Su colorido armonioso se organiza en la red de un diseño que resalta el silencio y lo estridente; que pendula de los azules profundos, aguijoneados por tonalidades del turquesa hasta verdes y amarillos iluminados y totales. Así construye su poesía del color; así arquitectura este oficio hecho para el ojo; que habla de amor al terruño; que se agota y se crece en los extravíos delirantes de la radicalidad y la tradición. |
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Ignacio
Nova |